Capítulo 2.11: Solos, sé que no se puede nada. El mito de las soluciones individuales

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Pablo Montaño

“Nadie puede unilateralmente decidir vivir en una economía baja en carbono.
La meta no es la auto-purificación sino el cambio estructural.”
Leah Stokes, All we can save.

¿Qué puedo hacer yo frente a la crisis climática? La pregunta es una constante en cualquier charla, taller, proyección o conversación climática. Quien la formula, normalmente  espera una lista de acciones rápidas, cosas que cambiar en su vida diaria, algunas personas esperan ya haberlas oído y buscará justificar como en su casa no hay espacio para una composta, o que no tiene tiempo de cocinar y en su oficina no hay opciones vegetarianas, o explicará que a su edad andar en bicicleta 12 kms no es posible. Cuando la respuesta es que lo que toca es organizarse y enfrentar desde ahí la crisis climática, lo más probable es que su mente se vaya a comerciales, asienta instintivamente y dé por terminada la conversación, o bien, te repita la pregunta. 

El modelo capitalista -más aún en la corriente neolineral- ha sido muy exitoso en moldear la forma en la que nos percibimos a nosotros mismos. Hemos comprado la etiqueta de ser consumidores, y desde ese lugar buscamos ejercer nuestro poder, el poder de la compra. Frente a la crisis climática muchos buscan mitigar su huella a billetazos o premiando a las industrias que nos hacen sentir parte de la solución a un problema global. Sólo es natural que ante este contexto, la discusión sobre cómo enfrentar la crisis climática caiga una y otra vez en el cauce de las acciones individuales. 

Reducir nuestro consumo de carne, movernos en transporte público o bicicleta, evitar un viaje en avión o instalar paneles solares en nuestra casa está muy bien. Son acciones que, si están dentro de nuestras posibilidades, es importante realizar; sin embargo, hablar de ellas como soluciones sistémicas frente a una crisis estructural que anuncia un quiebre con el modelo civilizatorio dominante, las convierte en distracciones, espacio para divisiones y una pérdida de tiempo y esfuerzo.

La distracción

El concepto de huella de carbono y sus calculadoras son una gran idea, te permiten analizar tus decisiones (principalmente de compra), tu estilo de vida y medirlas frente a los límites del planeta; y ahí lo tienes, tus 13 toneladas de CO2 al año y la certeza de que vives con un 164% más que el promedio del mundo. Un excelente instrumento para dejarte con un concepto de toneladas que escapa toda posibilidad de asimilación y una buena dosis de culpa. La calculadora de carbono fue creada por un agencia de marketing para British Petroleum, la segunda empresa fósil privada más grande del mundo. La lógica detrás de ella es llevar a los individuos a contar el número de  focos en su casa o el  número de hamburguesas consumidas para dar la impresión de que la crisis climática es  un problema que se origina en las demanda y el consumo individual desmedido, y que por lo tanto, la solución está en la moderación, la innovación tecnológica (p.e. la eficiencia) y el autocontrol.

Termina por responsabilizar al consumidor: “nosotros sólo ponemos el producto allá afuera, la responsabilidad es de quien lo consume y lo demanda”. Esta estrategia esconde que las demandas de estos productos -como los combustibles fósiles-, son creadas y diseñadas para distraernos. En el caso de BP, nos distraen de hablar de señalar a una empresa que logró envenenar el Golfo de México (con el mayor derrame accidental de petróleo de la historia), y de su enorme inversión de millones de dólares en frenar legislación ambiental y climática; y el hecho de que la empresa, junto con otro puñado de corporaciones, ha contribuido con más del 60% de las emisiones que nos están conduciendo  al  desastre.

El resultado de la distracción es tan exitoso que es fácil encontrar organizaciones y grupos activistas ambientales utilizando estas herramientas e invitando a sus seguidores a “calcular su huella y cambiar de hábitos”. En las discusiones moralistas de los círculos ambientalistas, el ciclista le reclama al vegano que llegó en auto y éste le llama asesino por los tacos al pastor que el ciclista subió a sus redes sociales. Todo esto mientras la crisis civilizatoria se agudiza y la discusión sobre límites autoimpuestos se sustituye por soluciones tecnológicas y el desembolso de ‘financiamiento climático o ambiental adecuado’. No sobra decir entonces que,  si el planteamiento de la conversación le resulta conveniente a la industria fósil, de facto, nos debe resultar inconveniente o al menos sospechosa para toda persona y/u organización que pretenda  luchar contra la crisis climática y el modelo capitalista que la produce.

Dividir

Se siente bien comprar un cepillo de dientes hecho de bambú con cerdas de fibras orgánicas, uno sale de la tienda (una tienda zero-waste por supuesto) sintiéndose el amigo de los mares y el capitán planeta, todo al mismo tiempo. Tan satisfactorio que queremos convencer a les demás de que esto hace la diferencia y si todes lo hicieran no habría un mar lleno de microplásticos, ni tortugas con las fosas nasales atrofiadas.  Más allá de la caricatura, la sumatoria de las acciones individuales son muy diversas y están acotadas por el contexto de cada individuo, donde el privilegio juega un papel importante en habilitar algunas acciones e impedir otras. Por ejemplo, la movilidad en bicicleta le resulta mucho más sencilla a un hombre sano, de edad joven, que trabaja en horarios de entrada y salida con sol y que además vive en una zona gentrificada en alguna ciudad. La violencia contra las mujeres, las viviendas en colonias periféricas con vialidades improvisadas y las jornadas nocturnas, son sólo algunos de los impedimentos que otros tendrían que considerar antes de un trayecto en bicicleta.

Esta división crea una narrativa de culpa que no abona a ganar adeptos o a movilizar esfuerzos colectivos. Katharine Hayhoe, especialista en comunicación climática, explica que si nos sentimos avergonzados de hacer algo, lejos de cambiar lo más probable es que la denuncia pública nos motive a reforzar nuestra postura.1 Esto lo habremos visto suceder cuando alguien en plena carne asada decide que es un gran momento para hablar del impacto que conlleva engordar ganado y la deforestación provocada por esta actividad. Por si fuera poco, un estudio sobre las emociones asociadas con la toma de acción frente a la crisis climática, concluyó que cuando a la gente se le dice que deben cambiar sus conductas, su interés y deseo por reducir sus emisiones disminuye. No sólo eso, sino que también se reduce la posibilidad de que apoyen candidatos en pro de la acción climática, así cómo  su confianza en la ciencia  climática.2 Las acciones individuales llevadas al terreno de la ‘pureza’ ambiental, no sólo nos dividen sino que nos colocan en una trayectoria equivocada para lograr una verdadera transformación .

El granito de arena en la era del colapso

La división que existe al colocar las acciones individuales al centro de la discusión climática desperdicia tiempo, esfuerzo y consensos en un momento en el que nos hacen gran falta. El lugar de alta prioridad en el que se ha colocado el ideal de comodidad en las sociedades del norte y en las zonas de privilegio en el sur global nos ha llevado a creer que salir un poco de nuestra zona de confort es suficiente para hacer una diferencia. No hay nada valioso en poner un granito de arena, detesto esta expresión. Pareciera que la frase es lo suficientemente clara con la insignificancia que supone el acto, cualquiera que haya ido a la playa sabe que los granitos de arena se ponen en todos lados sin el mínimo esfuerzo o intención. Resolver la crisis climática a partir de acciones individuales es la filosofía del granito de arena; la gente, industrias y países que están alimentando esta crisis no lo están haciendo retirando granitos de arena, lo están haciendo a punta de camiones de volteo todos los días y sin ningún reparo por lo pequeño o lo individual. Si aspiramos a conservar la posibilidad de un planeta vivible debemos articularnos de cara a grandes cambios y transformaciones como las que no se han visto  en los últimos 200 años. 

Di una charla climática a miembros de una comunidad en Chiapas que había logrado frenar una ronda petrolera para dos campos en su territorio, la defensa colectiva del territorio probó ser una enorme victoria climática. ¿En qué calculadora entra el frenar la extracción de cientos de miles de barriles de petróleo? ¿a cuántas hamburguesas equivale? Las acciones que averían el modelo destructivo y voraz son las que pesan en la era del colapso. Estas acciones siempre serán factibles desde lo colectivo y cercanas a lo imposible desde lo individual.

Una de cal

El error ha estado en la manera en la que como sociedad hemos aceptado el discurso de    las acciones individuales como una solución (individual) a un problema que requiere de lo colectivo (civilizatorio). Abandonar el uso de los popotes en medio de una crisis que amenaza con dejar 200 millones de refugiados climáticos en los próximos 30 años , equivale a recoger un par de hojas secas en un incendio forestal. Salvo que quien esté leyendo este capítulo sea Bill Gates o Roman Abramovich3 -si ese es el caso, por favor cambien sus avorazados y destructivos modos de vida-. para todes les demás, las acciones individuales no son la solución a la crisis climática, nunca lo serán, y difícilmente nos llevarán a algún lado por si solas. A pesar de ello, estas acciones tienen algunos méritos que a veces se difuminan o se pierden de vista ante la crítica. 

Primero, estas acciones pueden ser el piso de la congruencia: un constante recordatorio de que entendemos la necesidad e importancia  de realizar cambios drásticos y que estamos dispuestes a llevarlos a cabo. Desde la reflexión personal, podemos tener desfogues en medio de una lucha que puede resultar frustrante. Por ejemplo, a pesar de que tengo pleno conocimiento de que reciclar es una medida insuficiente y que sería imposible aumentar para tener un impacto en los niveles de producción de plásticos, puedo decir que separar los residuos y llevarlos a un centro de acopio calma algo de mi ansiedad climática. De la misma forma que tener un huerto que me provee tres tomates cada cinco meses me hace feliz.

El potencial que tienen las acciones individuales, y probablemente el más prometedor y congruente, se da cuando estas se acompañan con acciones políticas colectivas. Una comunidad de individuos que por razones ambientales y climáticas lleva una dieta baja en carne roja, estará mucho más dispuesta a diseñar e implementar un programa de separación, reducción y reutilización  de sus residuos. La colectivización de estilos de vida es un ejercicio habitual, y es uno que, al final, tiene un gran peso. De esa colectivización pueden surgir movimientos sociales, así sucede con ciclistas que se agrupan en colectivos o paseos. De pronto, lo que empezó como un deseo individual de reducir el uso del auto particular, se convierte en una demanda colectiva que transforma los espacios para habilitar otras formas de transporte más equitativas y bajas en emisiones. 

Finalmente, está la potencia de imaginar y visualizar. Las acciones individuales nos permiten vivir en congruencia con el ideal de la revolución que buscamos que triunfe; probar que ese futuro no es uno detestable, sino uno que se finca en el entendimiento de los límites socialmente definidos, que nos permiten diseñar un modo de  vida en donde el entorno continúa regenerándose, y más importante, que nos acerca a nuevas formas de amistad e intimidad entre nostres y con nuestros sustentos de vida. Sin embargo, este ejercicio tan poco puede quedarse en lo individual, es decir, las acciones individuales aquí también se quedan cortas, pues el ejercicio de imaginación se vuelve exponencial solamente cuando  se comparte, cuando otres suman a diseñar otros horizontes para el futuro. Así, de pronto, lo que era un discreto ejercicio de composta y hortalizas en macetas, se transforma en un huerto comunitario, biodiverso, con mariposas, flores y gente amiga. 

Referencias

1 Hayhoe, K. (2021). Saving Us. New York, USA: Simon & Schuster.

2 Morris, B., Chrysochou, P., Christensen, J., Orquin, J., Barraza, J., Zak, P., & Mitkidis, P. (2019). Stories vs. facts: triggering emotion and action-taking on climate change. Climatic Change154(1-2), 19-36. doi: 10.1007/s10584-019-02425-6

3 Sin considerar sus inversiones y negocios, el jeque ruso Roman Abramovich emite en 1 año lo que una persona promedio emitirá en 6,000. Por su parte, Bill Gates, emite el equivalente a 1,500 años. Ver: Wilk, R., & Barros, B. (2021). Private planes, mansions and superyachts: What gives billionaires like Musk and Abramovich such a massive carbon footprint. Revisado el 11 de enero 2022: https://theconversation.com/private-planes-mansions-and-superyachts-what-gives-billionaires-like-musk-and-abramovich-such-a-massive-carbon-footprint-152514 

Pablo Montaño es politólogo por el Instituto de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y Maestro en Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable por la University College London (UCL). Actualmente es coordinador general de Conexiones Climáticas, organización dedicada a la comunicación climática, y tiene un modesto huerto de tomates y camotes.

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Beatriz
2021-11-29 20:50:34

Qué buen artículo, muy ameno. Felicidades al autor.


Mónica Licea
2021-11-24 17:29:08

Gracias, la introducción y explicación son muy amigables para quienes comenzamos este camino. Hablar de otras soluciones para otros mundos posibles es esperanzador