Capítulo 3.4: Más allá del Estado Nación

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Colectivo Otros Horizontes Políticos: Más allá del patriarcado, el Estado-Nación, el capitalismo y la democracia.

¿Qué es eso del Estado? En muchos grupos, cuando se dice “vemos un Estado” o “vemos lo que queda del Estado”, lo que se ve son los monstruos que todos ya conocemos, porque estamos rodeados de ellos: los paramilitares, las instituciones de servicio y la violencia. Quieren que intervenga el Estado ¿Qué significa eso?, ¿qué pasa en nuestra cabeza, en nuestra acción, en nuestras esperanzas cuando nos planteamos que intervenga el Estado? En realidad, es difícil encontrar comunidades que no quieran intervención estatal o gubernamental. En muchos casos, las organizaciones de sociedad civil  funcionan como intermediarios y las reivindicaciones de los movimientos sociales terminan en pactos con los gobiernos, para canalizar algunos apoyos. 

Aprender “Estado”

Lo primero que necesitamos hacer es mostrar que la palabra “Estado” sustituye a la de “país”. El Estado es el país. Ese país tiene una voluntad y de vez en cuando la expresa. No es lo que dicen quienes forman ese país; lo que opinen no importa mucho . El país se expresa en la voz de quienes lo dominan .Y así escuchamos que “Francia expresa su desacuerdo”, “México rechaza esto o aquello”, “Japón manifiesta una posición diferente”… No es lo que opina la mayoría de lxs franceses, lxs mexicanos o lxs japoneses, sino lo que dicen sus “gobernantes”. Conforme a esa línea de pensamiento, el señor Trump estaría muy contento si pudiera decir lo que dijo aquel famoso rey francés: “El Estado soy yo”. Hay un momento en que el Estado parece estar encarnado en una persona: es el rey, es la voluntad personal de un rey, y este puede decir: “Yo soy todo el Estado” 

La teoría del Estado parte a menudo del estudio de la constitución, que sería una ley que está por encima de todas las demás, pero más que estudiarla se trata de estudiar teorías sobre ella, sobre lo que es la constitución. En los textos llamados“constitución”, en todas partes del mundo, no se aclara qué es el Estado, como tampoco se dice qué es la nación, la democracia o la soberanía. Son palabras que forman un lenguaje diseñado para someter a los pueblos. La teoría de la representación política forma parte de todo eso; se nos dice que es un dispositivo concebido para mejorar las formas de vida y de gobierno. Pronto logra verse, sin embargo, que los llamados representantes no representan a los individuos que votaron por ellos ni al conjunto de electores que participaron en una votación, a la población o a los ciudadanos, a los seres humanos adultos que se supone que forman la ciudadanía, y mucho menos se ocupan de su bienestar. En casos como el mexicano, lo que dice la Constitución es que los representantes representan a la nación, otro ente inasible. En todo caso, esto se refiere solamente a los diputados. Los senadores, que en 1824 representaban a los estados de la federación, en la actualidad ya no representan a nadie.

Para tratar de explicar esta barbaridad en muchos casos se trata de encontrar antecedentes en el pasado y se exploran entidades dominantes hace 20 siglos, en Grecia o Roma. Llega a decirse que cuando Aristóteles escribía sobre los grupos que gobernaban la ciudad, la polis, estaba ya hablando del Estado. Lo mismo se dice de Roma, cuando se convierte en imperio: que ahí gobierna ya el Estado. Al examinar todo eso que se sigue diciendo en las universidades lo que resulta evidente, desde mediados del siglo XX, es la descomposición de las estructuras teóricas, la falsedad y pobreza de la teoría, la simulación en las instituciones. En todas partes el bienestar y protección de quienes forman la población de un país es la explícita razón de ser de la constitución, del llamado Estado, de la nación, de las leyes, de las organizaciones políticas, de los parlamentos, de los congresos legislativos, de las presidencias, de las gubernaturas, de las estructuras municipales, etc. Pero estas no resisten el mínimo análisis: Al empezar a cuestionar tal planteamiento, aparece rápidamente el hecho de que el llamado “Estado” es un invento que no se ha concebido para el bienestar y protección de la gente, sino para someterla y controlarla, que la constitución es un instrumento de dominio y la democracia una simulación, lo mismo que las instituciones, los gobiernos, los congresos y los partidos…

Pensado Ayotzinapa 

Cuando a raíz de Ayotzinapa un grupo de valientes muchachos y muchachas se plantaron en el Zócalo y escribieron en el piso “Fue el Estado”, ¿a qué se referían? Parecía muy oportuno que levantaran un dedo acusador y señalan a una banda criminal que había cometido el crimen: el protagonismo de las autoridades era enteramente evidente. En un país como México ya es imposible trazar una línea que distinga el mundo del crimen del mundo de las instituciones; están totalmente mezclados. Sabemos ya que la condición criminal abarca todos los aspectos de la operación institucional. Hay un antes y un después de esa manifestación en el Zócalo. A partir de entonces queda muy claro el sentido de la lucha: acusar a los que evidentemente son responsables de lo que pasó en Ayotzinapa, no implica encarcelar a nadie, sino purgarnos por completo de un aparato que permite que esto sea posible.

En “Los sentimientos de la nación” escrito en 1813, el criollo Morelos parece estar hablando de los sentimientos de “toda la nación” cuando el país recién inventado está formado en su mayoría por indígenas, los cuales no tienen cabida en esos “sentimientos”, como no la tienen, poco después, en la constitución de 1824: se les menciona una sola vez, cuando se faculta al Congreso para negociar tratados de comercio con países extranjeros y tribus de indios. Y así, la mayoría de los flamantes ciudadanos del nuevo país son tratados como extranjeros en el lugar en que han vivido desde tiempo inmemorial.

Cuando los constituyentes de esa constitución de 1824 pronuncian el discurso oficial de presentación de la misma, dicen que en eso, como en todo lo demás, no han hecho sino seguir paso a paso el ejemplo de la república feliz de los Estados Unidos de América. Lo hicieron incluso en el nombre, al bautizar el país como Estados Unidos Mexicanos. Seguían paso a paso ese ejemplo. Pocos años después esos “padres de la patria” quisieron también imitar el exterminio de indios que hacían los vecinos del Norte y lo propusieron formalmente en el Congreso; argumentaron que si lograba deshacerse de los indios México podría ser tan grande como Francia o Estados Unidos. Otros diputados consideraron eso muy riesgoso, además de inmoral, por lo que propusieron culturicidio en vez de genocidio: educar a los indios en la extinción, desindianizarlos y esto es, por cierto, lo que ha intentado desde siempre hacer el sistema educativo mexicano.

Como dice la intelectual indígena Yansaya Elena Aguilar Gil “La creación del Estado mexicano tras la independencia no es la interrupción del orden colonial, sino su perfeccionamiento” [1] Hoy, una tercera parte de lxs mexicanxs están viviendo hoy fuera de México . ¿A qué le llamamos México entonces?, ¿cuáles son las fronteras reales de este país? Hay una preocupación por lo que ha pasado en nuestro país, por la manera en que se nos ha ido de las manos. Suena muy bien que llegue un equipo y que nos diga que debemos recuperarlo, que vamos a tenerlo de nuevo en nuestras manos, en nuestro corazón y en nuestras acciones concretas, que vamos a vivir de nuevo este país que perdimos. Si el Estado no nos está dotando de seguridad, paz, etc., entonces llamémosle RESTADO. Comencemos a construir desde ahí. Si nos permitimos jugar y burlarnos de esto, le vamos dando significado y vamos entendiendo más. Nos ha restado derechos, paz, armonía. Su función original, la del mito, ya no existe. 

En las autonomías, el Estado no ha sido el lugar que ha posibilitado la defensa de los territorios. Han sido precisamente las cimarronas, los cimarrones, los pueblos originarios quienes nos indican que no ha sido así de la misma manera en todos los tiempos y en todos los contextos. Lo que vivimos frente a las maneras de construir esas autonomías y de defender esos territorios en movimiento nos llevan a pensar que esa ancestralidad se constituye en una herramienta que se recrea y se reinventa en cada momento y aparece en los nuevos rostros de cada uno de los movimientos en su propia autonomía.

Durmiendo con el enemigo

Un aspecto fundamental de la dificultad que enfrentamos es que, al regresar a la vida cotidiana, abandonando esa fantasía perniciosa que concibe la idea del Estado y asume su existencia real, nos mantenemos en un dispositivo binario y falocéntrico. Necesitamos complejizar el tema del poder, con el análisis de los dispositivos de los que somos también parte nosotrxs, porque los hemos interiorizado, porque también tenemos voluntad de dominio, porque formamos parte de uno u otro grupo de víctimas o de verdugos. Por eso necesitamos otra concepción, otras prácticas.

Multitud de esfuerzos de millones de personas están dirigidos a conquistar el “Estado”. Desde la izquierda se ha sostenido continuamente que debemos conquistar el Estado para hacer la revolución o para hacer cambios importantes. Si se trata, en cambio, de desmantelar el Estado, ese aparato de opresión y dominación, empecemos por hacerlo en nosotrxs mismxs porque ahí está encarnado. Si prescindimos de esta fantasía, si al final de esta mañana nos libramos de ella, ¿será todo miel sobre hojuelas?, ¿se acabó la lucha?, ¿ya ganamos?, ¿ya estamos del otro lado? Es obvio que n . Al desenmascarar lo que hay detrás de la ideología más o menos respetable del Estado o de la nación, al mostrar que tras esa pantalla hay bandas criminales que cuentan con una serie de dispositivos para controlar y dominar, lo que hacemos es reorientar la lucha para plantear cómo luchamos contra esos dispositivos. 

No estaríamos luchando contra fantasmas, sino contra constelaciones de fuerzas reales, algunas de las cuales se encuentran dentro de nosotrxs o a nuestro lado. Esos dispositivos atan nuestras manos, nuestras posibilidades, y debemos deshacernos de ellos para actuar con autonomía. Como dice Foucault, nuestro adversario estratégico es el fascismo. Quizás lo más difícil es enfrentar al fascista que todos llevamos dentro, el que genera el deseo de ser gobernado por alguien, un alguien que generalmente se encarna en el llamado “Estado”. Parece que cada uno de nosotros, de nosotras, estamos tendiendo a aceptar, a desear, a “necesitar” que alguien gobierne nuestra voluntad, nuestra cabeza, nuestro corazón, nuestras vidas. Parece que resistimos la idea de que podamos vivir sin que alguien nos gobierne. 

Es frecuente que una discusión como esta se cierre con una respuesta que parece contundente: si no hubiera alguien que nos gobernara estaríamos en el caos, expuestos a la ley del más fuerte. Ese mundo que imaginó Hobbs [2] en el siglo XVII y del cual no podemos librarnos. La verdad es que estamos en el caos, que vivimos en un caos infernal, cada vez más agudo, desastroso y violento, por tener regímenes que no gobiernan, que no ponen en orden y armonía las ideas, los comportamientos, sino que solo controlan y dominan para que una banda de criminales siga ejerciendo sus perversos oficios. Al suprimir nuestro deseo de ser gobernados será posible crear un orden común, un orden creado por nosotros y nosotras. Será posible autogobernarnos y definir cómo llevamos a la práctica nuestras voluntades, algo que sin duda seguirá siendo uno de los temas centrales de todas nuestras discusiones.

El mito del Estado y la democracia está enraizado en que necesitamos protección porque nosotros mismos somos nuestra destrucción. Reconozcamos entonces que nos movemos en la creencia o en el mito. Cuando nos hacemos conscientes de que se trata de una creencia, podemos darnos cuenta que puede convertirse en otra cosa. ¿Cómo desaprendemos a través del lenguaje lo que son el Estado y la democracia?

Creencias, patria, ciudad

Nuestra discusión está conectada con el mundo de las creencias. Cuando el señor Trump o AMLO enfrentan ciertos hechos con otros alternativos, en realidad está afirmando creencias que los hechos —reales o falsos— no pueden modificar. Marcel Proust [3] lo escribió muy bellamente hace más de cien años:

Los hechos no penetran en el mundo donde habitan nuestras creencias y como no les dieron vida, no las pueden matar; pueden estar desmintiéndolas constantemente sin debilitarlas y un alud de desgracias o enfermedades que se suceden sin interrupción en una familia, no la hacen dudar de la bondad de su Dios o de la pericia de su médico.

La discusión en torno al Tratado de Libre Comercio (TLC), por la exigencia del señor Trump de abandonarlo, no podrá basarse en hechos. Se enfrentan ahí diversas creencias, muchas de las cuales se han formado para la manipulación. Ni los mexicanos ni los estadounidenses han disfrutado de los grandes beneficios que les prometieron sus dirigentes al concertar el tratado, beneficios que se concentraron en grandes corporaciones, principalmente estadounidenses. En ambos países hubo una inmensa destrucción, que afectó a millones de personas. Pero los hechos no podrán modificar creencias y discursos que tienen otro fundamento.

No debemos cerrar los ojos ante los efectos de las creencias. Lo que necesitamos es poner las cosas en la perspectiva adecuada. Del mismo modo que Marx habló de la fetichización de la mercancía [4] para mostrarnos su naturaleza, necesitamos hacer algo semejante con ideas como la del Estado o con las tecnologías que invaden nuestra vida cotidiana. Algunas de las creencias firmemente arraigadas tienen un gran contenido emocional. La construcción de las relaciones con la “patria”, que se cultiva cuidadosamente en las escuelas, se realizó sobre un terreno de emociones profundas. La patria era el lugar en las casas de cada familia en donde se enterraba a los padres. Esa tradición profundamente emotiva fue terreno fértil para abonar la creencia emocional en la patria.

Mucha gente siente aún compromisos con la “patria”. Al fusionarse la idea del Estado con el nacionalismo, se forjaron elementos emocionales para vincular a la gente con la “patria”. La patria convenció a millones de personas a convertirse en carne de cañón del imperialismo. Aunque se reconozca la decadencia del régimen jurídico-político del Estado-nación, muchas personas conservan aún el fervor por la “patria” y se puede todavía apelar a su espíritu nacionalista, un espíritu que ha estado claramente en contraste y rivalidad con la idea de matria, de esos espacios pequeños a los que pertenecemos y que tenemos claramente dentro del corazón aún más que dentro de la cabeza. Lo que hemos vivido en estos siglos y se ve hoy en las ciudades es que muchas personas carecen de la idea y la realidad de una materia, no tienen un espacio propio al que realmente pertenezcan y que les pertenezca, y entonces se afilian a la abstracción que es la“patria”. Decir que México, Colombia o Estados Unidos son meras abstracciones que no tienen existencia real es algo que provoca molestia e inquietud, pues desafía el imaginario dominante. Pero es importante hacerlo.

Las estructuras de control como el patriarcado o el propio Estado son estructuras de fantasía, pero al final convivimos de forma cotidiana con ellas y las tenemos muy interiorizadas. Aún no podemos sacudirnos estas estructuras, que están incluso en nuestros colectivos -que resisten y sueñan otras cosas-. Tenemos muy enraizadas todas estas estructuras de control y sí, veíamos que es importante pensar de forma colectiva cómo podemos ir construyendo otras palabras, otros modos de convivencia, de compartir, de pensarse, de construir, de alimentarse, de sanarse, pero que esto indudablemente tiene que ser de forma colectiva y ahí hay una cuestión que nos cuesta trabajo, la construcción colectiva.

Se plantea la ciudad como una situación más o menos irreversible, una situación en la que se encuentra ya dada, la guerra permanente de todxs contra todxs. De nuevo se planteó qué podemos hacer en las ciudades. Una postura fue abandonar la idea abstracta de la ciudad, la idea de un monstruo que en realidad no existe, para concentrarnos en lo que realmente existe en las ciudades que son los espacios pequeños, los barrios, los espacios de encuentro, los espacios en los que se puede hacer algo dentro de las ciudades . Tendremos que ver cómo estaremos trabajando al pensar en las acciones dentro de la ciudad, las diferentes relaciones que tenemos que plantearnos en el seno de distintos territorios y buscando cómo nos ocuparemos de las relaciones entre el campo y la ciudad.

[1]  Aguilar, Y.E. (2021) ‘Japom’. A 500 años de la Conquista: futuros posibles. Disponible en: https://elpais.com/babelia/2021-08-07/japom-a-500-anos-de-la-conquista-futuros-posibles.html. Consulta el: 31/10/2021.

[2]  Ver: Hobbs, T  [1651] Leviathan: Or the Matter, Forme and Power of a Commonwealth, Ecclesiasticall and Civil. Disponible en: https://socialsciences.mcmaster.ca/econ/ugcm/3ll3/hobbes/Leviathan.pdf 

[3]  Proust, M (1952). En busca del tiempo perdido. Barcelona, Janés: p .148

[4]  Ver: Jappe, A (2014): Prólogo: De lo que es el fetichismo de la mercancía y sobre si podemos librarnos de él. En Marx, K. El fetichismo de la mercancía (y su secreto). Madrid: Pepitas de Calabaza. 

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