Capítulo 4.7: Otras espiritualidades ante el colapso civilizatorio

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Las espiritualidades o las religiones suelen estar desterradas del ámbito de la lucha política. Con justa razón, ya que no es ningún secreto el papel histórico que las instituciones religiosas han jugado en las intersecciones de la opresión mundial. Sin embargo, en las últimas décadas hemos presenciado una revalorización del papel y la relevancia que tienen las espiritualidades en el cambio de mundo – tanto en el pensamiento y en la práctica -, particularmente en el cambio de paradigma vital hoy por hoy tan urgente en medio del colapso climático. 

Quizás esta revalorización provenga de la crisis terminal de los grandes pilares de la modernidad, entre los cuales se encontraba una visión de la revolución demasiado acrítica con su herencia secularizante típicamente moderna. Las feministas islámicas, así como los estudios decoloniales e interculturales, han demostrado que la emancipación no tiene qué pasar necesariamente por la secularización. Esta receta es un legado de la modernidad europea y un paso que puede no sólo no tener sentido para otras sociedades, sino que incluso puede convertirse en un nuevo rostro de la imposición colonial. 

Otro punto para tomar en cuenta es el papel colonial que históricamente jugó el concepto de “religión” como dispositivo. Su invención ayudó primero a desmantelar los tejidos locales de los pueblos, ya que de pronto pasaban de vivir una vida armónica entre sus dimensiones a la escisión entre campos separados entre sí como la economía, la política, la religión, etc. Una vez que las ciencias coloniales convencían a los pueblos de que existía algo que se llamaba religión, pudieron posteriormente abrir el camino no sólo para que eligieran la “religión verdadera”, sino para que eligieran no tener ninguna, como lo marcaba el positivismo civilizador. 

El asunto es ese: la religión, tal y como la comprendemos en la actualidad, es un invento colonial.1 Para las distintas culturas y tradiciones la espiritualidad no era un ámbito de la sociedad que se pudiera distinguir del resto, como cuando en la actualidad se elige pertenecer a este o aquel club, sino la experiencia profunda que dinamizaba la vida comunitaria propia de cada cerro, de cada valle, de cada lago. Se conectaba con el territorio y tenía razón de ser únicamente dentro de los límites de la tradición.

La espiritualidad cooptada por el dispositivo “religión”

Las palabras son ventanas de nuestra percepción, pero también velos que encubren la realidad, sobre todo sí han sido tan manoseadas como el término espiritualidad. Podríamos utilizar otros nombres: mística, hermanamiento, religiosidad; incluso buscar en otras lenguas y hablar de dharma, de sumak kawsay, etcétera. Para entendernos, digamos que por espiritualidad nos referimos a aquella dimensión profunda de la vida que nos habla del misterio de la existencia, de la comunión cósmica, de un amor trascendente e inmanente sostenedor de todo. 

No quiero sumergirme en la discusión de si “todxs creemos en lo mismo”, que si las espiritualidades son distintos caminos para subir la misma montaña o cosas por el estilo. Simplemente quiero subrayar que la experiencia profunda de la vida nutre a cada pueblo, en su diversidad, para relacionarse entre sí y con su entorno. Cada territorio ha sabido tejerse desde una experiencia honda de la vida que ha transmitido a sus nuevas generaciones. El problema viene con el proyecto homogeneizador del mundo, el cual históricamente conocemos por muchos nombres como civilización, desarrollo y progreso y que plantea que existe una sola religión, llámese cristianismo, así como ciertos valores universales que caracterizan a este único-mundo (como los derechos humanos o la democracia). 

Podemos ir más allá de una mera crítica a la evangelización unilateral.2 Existe una estrecha relación entre lo que Claudia Von Werlhof llama “proyecto patriarcal”3 y el modo en que ha operado el dispositivo de la “religión”. Según la autora, el patriarcado funciona desde la creencia de que todo aquello que es construido por el varón es mejor que lo que es cuidado por la mujer. Este proceso, que es también fundacional para el funcionamiento del capitalismo histórico, así como el contemporáneo, consiste un desprecio por los procesos naturales propios de la vida en aras de la construcción de un mundo puramente artificial que funcione desde los deseos y conveniencias humanas. Detrás de esta pretensión se encuentra la ciencia moderna con su control de la naturaleza, así como la religión cuando desprecia este mundo en aras de un paraíso supraterrenal. 

Con semejante proyecto (el de construir un mundo aparte de la naturaleza) es necesario institucionalizar toda la vida, incluyendo aquella dimensión de hondura que hemos llamado espiritualidad. Al institucionalizarse la espiritualidad, esta cae en la misma lógica en que operan el resto de las instituciones contraproductivas modernas, las cuales Iván Illich nos ayudó a entender. Estas instituciones crecen a un tamaño desproporcional, perdiendo la posibilidad de una relación carnal entre sus integrantes, lo cual se traduce en la paulatina burocratización, creación de un cuerpo profesional de expertos y a la economización de la vida. Con esto último, hay que entender lo siguiente: lo que antes era gratis y disponible se convierte en escaso a través del despojo, se economiza y se funda así un monopolio radical. 

Para Illich el monopolio radical no es aquel que tiene una marca frente a sus competidoras, sino el que tiene un cierto modo de producción frente a todos los demás. Por ejemplo, como la escuela moderna o el hospital han monopolizado las distintas maneras de aprender y de sanar, respectivamente. Pienso que lo mismo ha sucedido con la espiritualidad. Ya sea desde las instituciones religiosas tradicionales o desde los gurús y movimientos de las “nuevas espiritualidades”, aquello que llamamos espiritualidad ha sido monopolizada por expertos. En unos casos se monetariza más que en otros, pero en general hemos aprendido a acudir a expertos (libros, charlas, podcast, retiros) para vivir nuestra dimensión espiritual. 

Cuando un monopolio radical se instaura, lo que sucede es que las personas y colectivos pierden su propia potencia para vivir su vida. Ya no pueden aprender en libertad, sino que tienen que atender a la institución educativa; ya no pueden sanar desde su propia sabiduría, sino a través de la receta de un médico; ya no pueden construir su propia casa sin el aval de un ingeniero o arquitecto. Las habilidades y saberes de las personas se estancan, se oxidan, se vuelven inoperantes. Lo mismo ha sucedido, por lo menos en nuestra sociedad moderna, con la vida espiritual. De pronto, algo que formaba parte de la cotidianidad de los pueblos y que se vivía de forma espontánea en la fiesta, la comida, la ceremonia o la celebración, se ha atrapado, ya sea dentro de las cuatro paredes del templo, hasta los tapetes de yoga de la cultura del wellness

Otras formas de espiritualidad

Esto que describo es un fenómeno que se manifiesta de forma similar a los distintos ámbitos de la vida cotidiana, pero existen aquellos que se han rebelado. Gustavo Esteva hablaba de que una cosa era la educación alternativa y otra la alternativa a la educación. Por más que queramos mejorar la escuela, si esta continúa bajo el proceso de escolarización, podremos construir algo muy bonito, pero difícilmente algo realmente Otro. Del mismo modo, en las religiones y espiritualidades se ha querido mejorar la institución de distintas maneras: con cuotas de género, apertura a la diversidad sexual, perspectivas ambientalistas de las enseñanzas, democratización de los procesos, entre otras. Sin embargo, nada de esto representa un auténtico cambio de paradigma. 

Esteva habló mucho durante sus últimos años de lo que él llamaba la “insurrección en curso”. No hablaba de la construcción de una nueva utopía o vanguardia revolucionaria, sino de lo que las personas de a pie estaban haciendo en lo cotidiano. Hablaba de grupos que cambian adjetivos por verbos, que renunciaban a la escolarización y construían una alternativa de aprendizaje libre, o de comunidades que regeneraban sus saberes campesinos para comer su propia comida y no el veneno del supermercado.4 Mi sensación es que algo paralelo acontece con la dimensión espiritual de la vida. 

Tanto en las comunidades como en las ciudades, las personas han comenzado a organizarse para tomar la dimensión espiritual en sus manos. Con ello reivindican la dimensión política de la espiritualidad de una forma totalmente nueva. No están creando una nueva religión, tampoco inauguran una escuela bajo el estandarte o la guía de un nuevo gurú, sino que se reúnen mediante entramados de amistad y cariño a compartir distintas prácticas y conocimientos. No significa que renuncien necesariamente a sus religiones. En muchas ocasiones esta relectura de la vida espiritual se da de manera interna a alguna tradición religiosa concreta, llámese cristianismo, budismo, islam, etcétera. En otras ocasiones no se forma parte de alguna tradición en concreto, pero se abren al mutuo aprendizaje y al diálogo interreligioso. En otras palabras, logran liberarse de la lógica excluyente de la “identidad religiosa” para vivir en plenitud la “amistad espiritual”. 

Pensar en estos entramados comunitarios o de amistad significa pensar primeramente en los pueblos originarios, cuya lucha por la defensa del territorio está atravesada por la relación profundamente espiritual que tienen con la tierra y los ciclos vitales. Pero también en los círculos de mujeres que buscan despatriarcalizar la espiritualidad heredada y pasada siempre por el filtro de los varones, o los pequeños grupos de meditación, danza, temazcal, estudio de textos sagrados… Las distintas prácticas no pueden equipararse, pero sí la lógica que estos tejidos siguen: se reúnen no bajo el ala de una institución religiosa o negocio espiritual, sino desde la amistad que les teje en apoyo mutuo para cultivar su propia espiritualidad. 

Al recuperar esta dimensión comunitaria a escala humana de la espiritualidad, los distintos colectivos antes referidos están no solamente desmantelando el monopolio radical de la religión, sino también viviendo desde un paradigma distinto a aquel que nos posiciona en el abismo civilizatorio actual. Estas prácticas colectivas de cultivo espiritual ayudan a retornar a la tierra, tengan o no que ver directamente con una narrativa ecológica o ecosófica. El simple hecho de retornar a una escala de vida humana representa un cambio de paradigma. Las iniciativas espirituales a las que me refiero recuperan la re-ligación como una práctica colectiva y convivial, gozosa, que paulatinamente se va entretejiendo con el cuidado del resto de dimensiones de la vida cotidiana: el comer, el aprender, el sanar. 

No me parece gratuito que muchas tradiciones espirituales estén tomándose enserio el reto ambiental que tenemos enfrente. Sin embargo, muchas de estas acciones tomadas desde las cúpulas son más de lo mismo, ya que se inspiran en sus contrapartes políticas de los tratados internacionales. Como esta guía quiere dejar ver, estas soluciones son falsas. Con todo, existen también distintos colectivos de ecoteología y ecoteología feminista en América Latina con prácticas espirituales que se reconectan con la tierra, así como movimientos de pueblos originarios que defienden su territorio por medio del ritual y la ofrenda, o las ecoaldeas que emparentan la sanación, la agroecología y la espiritualidad como distintas caras de la misma propuesta. 

En medio del naufragio, las distintas islas de alternativas que vamos construyendo van dejando espacio para la espiritualidad, el profundo sentir de la tierra y del horizonte convivial. 

Elías González Gómez es filósofo y escritor. Su pasión es la mística y la filosofía, principalmente ligadas a las luchas por la autonomía y el cambio social. Es profesor universitario, colaborador en la Universidad de la Tierra Oaxaca y coordinador del blog Amanecer. Es autor de varios artículos en revistas nacionales e internacionales, así como de los libros Encuentro, Religación y Diálogo. Reflexiones hacia un diálogo Inter-Religioso, Impotente Ternura, Descubrirte en lo pequeño. Textos espirituales que alimentan nuestra realidad y Convivencialidad y resistencia política desde abajo. La herencia de Iván Illich en México. Es miembro del Centro de Estudios de Religión y Sociedad de la Universidad de Guadalajara, de la Academia de Trascendencia y Sociedad del ITESO y del grupo de Religiones y Paz de Cristianismo y Justicia. 

Referencias:

1 Para profundizar en el tema, ver Abdennur Prado, Genealogía del monoteísmo. La religión como dispositivo colonial (México: Akal, 2018). 

2 Lo que comparto en este artículo es una breve síntesis del argumento que presentaré más detalladamente en un libro que se llamará Religarnos. Más allá del monopolio radical de la religión y se publicará en la editorial Kairós. 

3 Claudia Von Werlhof, “¿Perdiendo la fe en el progreso? El Patriarcado Capitalista como ´Sistema Alquímico´” en Veronika Bennholdt-Thomsen, Nicholas Faraclas y Claudia Von Werlhof (Eds.): There is an Alternative. Subsistence and Worldwide Resistance to Corporate Gloibalization (London: Zedpress, 2001) 13-44.

4 Ver Alberto Elías González Gómez, “La insurrección en curso. El pensamiento filosófico-político de Gustavo Esteva”, en Revista de Ciencias y Humanidades, Vol. IX, no. 9, julio-diciembre 2019, pp. 119-138. 

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